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BARCO DE PAPEL

RÉQUIEM PARA LA ADOLESCENCIA

RÉQUIEM PARA LA ADOLESCENCIA

Querido Miguel:

Sé que esta carta nunca llegará a tus manos; no obstante, para compartir contigo mis recuerdos, necesito escribirte una vez más.

Sí, aún me veo recorriendo con el índice la letra S de la guía telefónica, en la capital de México. ¿Cómo estar en ese país, - después de desearlo casi una vida - y no buscar tu rastro? La huella de una correspondencia, magnificada por la lejanía y por nuestra poca edad, se había borrado bajo la ventisca de nuestras realidades. Nos perdimos sin habernos encontrado, sin habernos visto nunca, pero cada cual se llevó, -en un puño - la adolescencia del otro.

Expectante, disqué. ¿Es tal número? Sí, ¿a quién busca? Al ingeniero Miguel Sepúlveda. Yo soy, ¿quién habla? (¿Tendría que refrescarte toda la historia? No, implorar que recordaras, no). Habla Raquel Ferrari. Y punto, ahí me detuve. La pausa no terminaba nunca. Luego, el grito de alegría: ¿Mi querida Raquel, la de las pampas argentinas? Reapareció la huella, ahora sin distancias y con muchos años más encima. Esta vez la vida no nos escamotearía el encuentro.

Al día siguiente, con nerviosismo, acudí a la cita en tu oficina. Tres personas estaban en lo suyo. Un caballero mayor, canoso, elegante, con papeles en la mano, dando órdenes a la secretaria, y un joven observando. la mujer levantó la cabeza, todos hicieron lo mismo. ¿Recuerdas la escena? Yo la tengo grabada como una película pasada en ralenti. Comencé a balbucear: busco al ingeniero Mi... Yo soy, yo soy, y el señor me miró sonriente. Pero, claro, no eras el joven de la foto ya amarillenta, con profusa cabellera oscura y discretos bigotes. En ese instante tomé conciencia de cuánto había envejecido yo. Pero no importaba, eras muy distinguido. Viniendo a mi encuentro, besaste mi mano, y después sí, el abrazo postergado treinta años. Éste es Xavier, mi hijo menor. Sus brazos también me estrecharon, mientras yo pensaba que hubiera podido ser mío.

Sobre tu escritorio, una sorpresa más: sujeto con una cinta descolorida, el paquete de cartas y postales, que en aquel entonces te mandé. ¡Me habías guardado! Mientras discurríamos sobre nuestras vidas, escrutándonos, comenzamos a hojear la vieja correspondencia. "¡Cómo vuela el tiempo, Miguel; ayer no más tenía quince años y le escribía la primera carta! Hoy ya cumplí diecisiete"... "A veces sueño que soy la heroína de Shakespeare y usted escala mi balcón. ¡Qué pena despertar!"... "¿Ve este mástil de la postal? Aquí canté muchas veces el himno, y los primeros de mayo, los cánticos proletarios"... "Temo que la revelación de mi ateísmo lo desilusione y deje de amarme"... ¡Qué audaces ideas para una niña! Vaya con la chiquilina, ¿no? "Tengo mucho para estudiar, ¡cuándo será diciembre!"... "Sus ardorosas cartas me quitan la paz, pero ¡qué feliz sensación!" Éramos jóvenes de nuevo, y en ese momento, cada uno devolvió al otro el rehén aprisionado.

Imagino que somos una gama de colores, y cada color cobra vida cuando se refacta en el cristal adecuado. Puedo sentirme hija, si me veo en la mirada de mis padres. Soy madre, cuando me encuentro con los ojos de mi muchacho; soy mujer, si hay un hombre que me contempla. Pero sólo en tus pupilas, me vi de nuevo adolescente.

Tuvimos apenas unos minutos a solas para hacernos las preguntas que nos fustigaban desde el principio; sólo unos minutos inmersos en tantos años: ¡Estaba tan enamorado de ese mito distante!, ¿me llegaste a amar? Claro que te amé, ¿no entreleías cuánto te esperaba? Sí, sí, quería ir a la Argentina a buscarte, estaba ciego, desesperado por ti, pero, recuerda que en aquellos tiempos viajaban los millonarios, y después...

La familia nos envovió, y tan sólo con los ojos continuamos el diálogo. El día de mi partida, musitaste: No volveremos a desencontrarnos, me escribirás, ¿verdad? Hasta que viva, Miguel, hasta que vivamos.

En el avión de regreso, hice un amargo balance: nunca pudimos acariciarnos las manos para tentar nuestra piel; ni acercarnos lo suficiente para sentir nuestros olores; ni darnos un abrazo sin formalidades ni testigos; y, en fin, ni siquiera el temido beso de los principiantes.

Hoy lloro a mi adolescencia, que ha muerto contigo.

                                                                                 Raquel.

      de Martina Gusberti, libro: "Réquiem para la adolescencia"

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EL EMPERADOR Y LAS SEMILLAS

EL EMPERADOR Y LAS SEMILLAS

En un remoto reino, hace muchos años, la guerra había desangrado el país y la última batalla acabó con la vida del emperador. La población quería una vida de paz y exigió al Consejo del Reino, que elevaran al Trono a alguien verdaderamente amante de la vida.
En el Consejo estuvieron pensando y pensando ¿cómo hacer esta selección tan delicada? Decidieron convocar al pueblo para que seleccionaran una persona joven y de buena salud, que consideraran la mejor para ocupar el Trono.
A los pocos días, cientos de jóvenes fueron llegando al palacio real. En un pueblito lejano de las montañas se encontraba Isabel, una joven pastora que ese pueblo había seleccionado. Isabel, a punto de partir, dijo a sus padres:
-Yo no quiero ser la futura emperatriz, ¿qué haré yo como emperatriz?
-Hija, nuestro pueblo cree que tú nos conducirás a una vida de paz -respondió su madre-. Pero la decisión, de ir o no ir, la tienes que tomar tú.
Y así lo hizo. Ya que Isabel amaba mucho a la gente, decidió aceptar el pedido de su pueblo y viajar a la corte. Entonces emprendió un largo y peligroso viaje, atravesando ríos y bosques, hasta que llegó al palacio real. Una vez allí, no se encontró sola. Estaban ya miles de muchachos y muchachas de todo el reino, reunidos en el gran Salón del Trono.
El Consejo del Reino les dio la bienvenida y su portavoz les dijo:
- Cada cual va a recibir una semilla. La plantará y la cuidará con su propia mano en la tierra de su pueblo natal, y cuando venga la primavera, nos reuniremos de nuevo aquí, cada cual con su planta crecida en una maceta. Quien tenga la planta con la flor más hermosa, será quien ocupe el Trono.
Muchachos y muchachas formaron filas ante cada integrante del Consejo, que fue repartiendo a cada cual la semilla que tenía que plantar. Isabel tomó su semilla y con mucho cuidado se la guardó y emprendió el camino de vuelta a casa.
Una vez en su pueblo, Isabel plantó la semilla en una maceta con la mejor tierra de sus montañas y la regó. Los días pasaban, pero en esa maceta nada aparecía. La regó y esperó, pero los meses pasaban y nada sucedía allí. Añadió nueva tierra, la abonó y regó, la cambió de lugar, le cantó y animó, pero nada. No brotaba nada. Isabel ya no sabía qué más hacer, y la semilla no respondía.
Cuando por fin llegó la primavera, ella sabía que era hora de realizar de nuevo el largo viaje hacia el palacio real. Pero también sabía que no valía la pena ir, porque de su maceta no había brotado ni una sola flor. Por una parte, se alegraba, porque ella no tenía deseos de cambiar su vida sencilla por la de una Emperatriz. Pero estaba a la vez con pena porque temía dejar en mal lugar a su pueblo natal. Decidió consultar a su pueblo, mostrándole su maceta:
- Querido pueblo, la vez pasada acepté su nombramiento por el amor y respeto que les tengo, para dar a conocer todo lo bello y bueno que el país tiene en ustedes y en estas hermosas tierras. Y fui a palacio, a pesar de que no quería cambiar mi vida entre ustedes por la vida de Emperatriz. Pero esta vez ¿qué sentido tiene ir? Vean mi maceta: no tiene ni siquiera una flor. Si voy, les dejaré en mal lugar.

El pueblo inmediatamente hizo corrillos para discutir entre ellos qué responder a Isabel. Luego empezaron a expresar sus conclusiones:
- No tengas vergüenza en ir, querida Isabel. Nuestro pueblo nunca ha pretendido ser mejor que otro. Sólo somos un pueblo hermano de otros pueblos que quiere compartir con ellos su búsqueda de paz, no quedarse al margen - dijo una anciana.
- Debes ir, Isabel. El cielo querrá que sigas viviendo en nuestra aldea, pero faltar a la cita nos dejaría en peor lugar que llegar con la maceta sin florecer -dijo Fernando, un adolescente que sentía un gran cariño por Isabel. En todo caso, la decisión es tuya.
La mayoría respaldó estas conclusiones e Isabel se pasó la noche reflexionando. Al amanecer, decidió coger la maceta e ir a la cita en el palacio.
¡Qué maravillosa escena había cuando llegó al gran Salón del Trono! Los muchachos y muchachas estaban otra vez allí, frente al Consejo del Reino, pero ahora con sus macetas repletas de hermosas flores. Si una flor era bella, la otra aún lo era más.
El Consejo se desplazó por el salón para examinar las macetas, una a una, y tomar su decisión. Cada integrante iba alabando a los muchachos y muchachas que saludaba, por las hermosas flores de sus macetas. Así pasaron horas y horas en ese gran salón resplandeciente de flores y de la emoción de los corazones juveniles con la expectativa del trono.
Isabel casi ni se veía entre todos, triste porque su maceta no estaba florida. Las consejeras y consejeros iban terminando su recorrido y se reunían para conversar entre sí.
Uno de los sabios llegó al final de su recorrido a divisar la maceta de Isabel, quien cabizbaja, ni le vio regresar en silencio a reunirse con los demás. Seguía con los ojos bajos cuando el sabio regresó de nuevo, esta vez seguido de todo el Consejo, y le dijo:
- Amada niña, tú vas a ser nuestra Emperatriz.
Isabel levantó la vista para ver a quién habían elegido y vio que el Consejo en pleno la rodeaba a ella, y en sus rostros brillaban sonrisas de afecto y dicha.
Pero, si mi maceta no ha florecido, y el Consejo dijo que el Trono lo ocuparía quien tuviera la flor más hermosa - dijo suavemente Isabel.
Así fue, como dices -respondió el sabio -. Pero todas las semillas que repartimos estaban tostadas y ninguna podía florecer. Queríamos asegurarnos que el Trono lo ocupara una persona honesta, y por tu honestidad el reino te necesita como Emperatriz.


José María García Ríos  (del cuento "El emperador y las semillas"

EL PESCADOR SATISFECHO

El rico industrial del norte se horrorizó cuando vio a un pescador del sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
¿Por qué no has salido a pescar?, le preguntó el industrial.
pescador.bmpPorque ya he pescado bastante por hoy, respondió el pescador.
¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?, insistió el industrial. ¿Y qué iba a hacer con ello?, preguntó a su vez el pescador.
Ganarías  más dinero, fue la respuesta. De ese modo podrías  poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías  más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas… y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo.
¿Y qué haré entonces?, preguntó de nuevo el pescador.
Podrías sentarte y disfrutar de la vida, respondió industrial.
¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?, respondió el satisfecho pescador.

Autor Desconocido

A partir del trabajo clínico en Psicopedagogía con sujetos-niños con problemas de aprendizaje en el área de la lectoescritura y de los aportes teóricos sobre la escritura terapéutica , podemos construir una nueva herramienta a ser utilizada en diferentes ámbitos: educativo, de la salud, laboral, judicial, comunitario. Pero el más importante es aquel del corazón , el que nos permite respirar profundo y dejar por largo rato pensando.

Se denomina Cuento Terapéutico a: todo cuento escrito por un sujeto ante una situación traumática y cuyo conflicto se resuelve con final “feliz” o positivo, luego de un proceso creativo estimulado desde la lectura y/o narración de cuentos específicamente seleccionados. también el cuento nace de la creatividad o de la necesidad de mentir para transmitir paz y conformidad a quien no la tiene.

 Es sabido que a los niños cuando se les quiere explicar algo, se le improvisa una historia o cuento en forma metafórica, tratando de enseñarles sin perturbar su inocencia, y pretendiendo que el conocimiento lo acompañe de por vida.

Se ha comprobado empíricamente que entre los síntomas psicofísicos, el uso del Cuento terapéutico mejora a las personas.


A través del uso de esta herramienta terapéutica se puede:

Disminuir la violencia, mejorar el rendimiento intelectual,mejorar la sintomatología física, favorecer el vínculo afectivo entre seres humanos, desarrollar la creatividad y sanar de todo aquello que no queremos que sepan que padecemos.

Vladimir Parod Higueras

DAR DE CORAZÓN

Una vez un mendigo que estaba tendido a un lado de la calle, vio venir a lo lejos al principe del lugar. Y pensó:-Le voy a pedir, el es bueno y seguro me dará algo.
Cuando el principe se acercó le dijo:
-Majestad ¿Podría por favor, regalarme una moneda? Y en su interior pensaba que le daría muchas.dibujo1.JPG
El principe lo miró y le respondió: ¿Por qué no me das algo tú acaso no soy tu principe? El mendigo no sabía que responder y solo atinó a balbucear:
-Pero Majestad………!Yo no tengo nada!
El principe le contestó: Algo debes tener….!busca!…..
Entre asombro y enojo, el mendigo buscó entre sus cosas y vio que tenia una naranja, un pan y unos granos de arroz. Pensó que la naranja y el pan eran mucho para darlos, así que tomó cinco granos de arroz y se los dio al principe. Complacido le dijo:
-¿Ves como si tenias?…….
Y le regaló cinnco monedas de oro por cada grano de arroz. El hombre dijo entonces:
-Majestad……….creo que acá tengo otras cosas.
El principe lo miró a los ojos y con dulzura, le comentó: -Solamente de lo que has dado de corazón te puedo restituir.

Autor Desconocido